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18.04.2015

Tlatlaya

Íbamos pasando como siempre por esa calle seca y jodida.

La bodega
Los disparos

Tlatlaya es ese tiempo cuando el corazón está negro y rojo.
Rojo de sangre y ennegrecido por los balazos.
Aguantando el que muchos escupan sobre mi nombre y sobre mi memoria.

Nada de lo que hice valió la pena para ustedes, pero jamás le pedí a nadie que cargara conmigo. Yo me hice el favor de ir sólo por el camino que me llevó al paredón.



Antes de que esos miserables me fusilaran, pensé:
"He robado, corrompido y he dado muerte a varios."
"Pero al menos no soy soldado."
Tal vez me leyeron la mente y por eso con saña, con mala sangre me ejecutaron en una instancia más del tribunal de plomo.

Basado en un acontecimiento real y en una lectura reciente de "Lo de Antes" de Luis Spota.

05.03.2012

Un recuadro

~ La fotografía es una amputación de la realidad. Por eso funciona, por eso puede hacer parecer bello lo que no es bello. Por eso es, básicamente, una mentira.

~ Para ti las cosas siempre son así. Casi comienzo a creer que si no cambias, llegará el día en que nadie pueda tomarte una fotografía halagadora. Ojalá que tus observaciones nunca se hagan realidad, tendrías que ver lo horribles que son...

~ No, mis observaciones no son nada más que un recuadro, un recorte, una amputación de la realidad.

27.02.2012

A ella la busqué (para matarla)

No hubo mejor tiempo. Yo no me sentía nada bien, ya no quería continuar.
Por eso, como no hubo mejor tiempo para mí que aquél, sospecho que ello también fue verdadero para todos los que eran como yo.

      Si alguien te dijera, en tu momento más bajo, que de repente hay una posibilidad de que todo vaya a cambiar, aunque sea de la manera más violenta, ¿por qué no habrías de aceptar aquello sin dudar ni un poco? Ni el más necio se negaría a esta divina exención del infortunio. Habría que abrazar a esos accidentes del destino de la manera más dulce.

Que horrendo es el conflicto bélico, qué difícil de entender es un asesinato que no se comete por razones personales. ¿Dónde está la justificación de un soldado? En cambio, la mía es completamente comprensible. El sufrimiento prolongado nubla el juicio, eso lo saben todos. No se necesita ser juez para saberlo, sólo persona.

Al fin y al cabo, nadie le pide a un desgraciado que haga buenas obras. O se le castiga, o se le condena moralmente - ¡más no se puede hacer! Al fin y al cabo algún peso tienen que tener las palabras, propias o ajenas.

En cuanto todo el mundo comenzó a matarse y a defenderse, decidí unírmeles haciendo ambas cosas: un asesinato en defensa propia. Bendición de la guerra, bendición, Agradecí el momento en que el país comenzaba a partirse por la mitad. Agradecí al enemigo. Me inundaron las ganas de ir a decirle a uno de ellos "¡Gracias por la oportunidad!". Pero no creo que hubieran comprendido.

Salí a las calles. Qué horror, las calles. ¡Qué horror! Ahí sí había personas inocentes, muertas a tiros. Había gente cubierta de auténtica angustia, no como yo. Guerra, ¡qué terrible es la guerra!

"¿Quieres ser libre?" me dije.
~ Vas a tener que matarla. Y justo ahora es cuando nadie va a poder hacer mucho al respecto.

La encontré, su casa; todavía intacta. Solamente vi su casa una vez, jamás conocí a su familia. Pero sabía su dirección y todavía recordaba cómo llegar ahí. Frente y reja blancos. Un solo piso. La esperé 4 horas, no llegaba. Qué horror, la ansiedad. ¡Qué horror! Pero llegó. Le disparé sin que pudiera darse cuenta (me hubiera gustado que me viera al hacerlo, pero arriesgar a fallar el tiro y que ella viviera, eso jamás). Cayó de frente y el golpe seco contra el suelo seguramente le rompió la mandíbula en muchos pedazos. Qué hermoso, ese golpe. ¡Qué hermoso coup de grâce! Es como si la bala hubiera sabido que no quería ver su rostro de nuevo jamás. Supongo que quienes la acompañaban eran miembros de su familia. Pensé en hacerles un favor y borrarlos de aquí también, pero al comenzar a correr sin mirar atrás me alegré de que vivieran. ¿Qué no me habían visto sufrir a mi las personas que me apreciaban? ¡Menudo castigo, tremendo! Que vivan, que vivan mejor. Que sufran un poco. ¡No! Que sufran bastante.

Buen pretexto para salir de la ciudad. ¡Buen pretexto! Al principio me removía la curiosidad, quería regresar, ver de lejos a quienes también la habían conocido, como para asegurarme de que mi acción había sido bien ejecutada. Nunca volví.

No valía la pena. ¡Nada de ese lugar valía la pena!

Jamás me voy a arrepentir de lo que hice. Su futuro negado es mi felicidad, así como mi futuro negado con por ella era mi infelicidad.

A la otra le regalé mi silencio y mi desdén.
Con una hice las paces, enorme regalo.
A ella la busqué una última vez para matarla.
Gran regocijo, hermoso placer.


Para L.

02.02.2012

No significa nada.

Ya no hay más barreras por cruzar. Todo lo que tengo en común con lo incontrolable, lo cruel y lo malévolo, todo el daño que he causado y mi completa indiferencia hacia ello, todo lo he sobrepasado. Mi dolor es constante y agudo y no deseo un mejor mundo para nadie. De hecho, quiero que se inflinga mi dolor en los otros. No quiero que nadie escape. Pero incluso después de admitir ésto, no hay catársis. Mi castigo continúa eludiéndome y no obtengo un conocimiento más profundo de mí mismo. No hay conocimiento nuevo que se pueda extraer de mi relato. Esta confesión no ha significado nada.

~ P. Bateman
Extraído de “American Psycho”.

09.01.2011

Quiero descansar

Quisiera poder cambiar el sentimiento de cansancio en la mañana, y que me atacara en la noche. Así, podría dormir en paz. Nunca puedo conciliar el sueño temprano.

~ "Eso se arregla con trabajo" dijo el proletario.
~ "Eso se arregla normalizando sus horas de sueño" dijo el doctor.
~ "Eso se arregla leyendo" dijo el escritor.
~ "Eso es el eterno descanso" dijo Dios.

Y le dí trabajo al proletario, horas normales de sueño al doctor, buenos libros al escritor. Seguí sin poder descansar. Todo igual, todo igual en el mundo.

Trabajé durante muchas horas. Hablé con la gente, convencí a unos pocos de trabajar más duro de lo normal. Los ví llegar cansados a sus casas, y dormir. Pero dormían insatisfechos, dormían enojados, dormían injustamente porque jamás decidían cuándo poder dormir.

Seguí las instrucciones del médico. Tomé pastillas, dejé de beber, evité el café después de ciertas horas, me metí bajo las sábanas a la misma hora todos los días, escribí las horas que conseguí dormir cada día. No conseguí nada.

Leí como nunca. Hice lecturas de libros con muchas capas, para educarme. Conseguí mucho, pero tenía que hacer apuntes, entender, vadear entre las ideas y preguntarme cosas. Siempre terminé intranquilo. Leí novelas, y me trajo algunos gustos. Leí novelas realistas e históricas y descubrí que no me gustan mucho. Leí novelas surrealistas y las encontré pretenciosas. Leí novelas especulativas y estuve de acuerdo con algunas cosas. Leí novelas autobiográficas y las sentí ajenas a mí.

Pero cuando le dí eterno descanso a Dios, los pueblos del mundo dejaron de matarse.
Al fin, pude dormir bien.

23.11.2010

Los fragmentos están (son) más (y menos) de lo que parecen

~ A veces me pongo a escribir páginas de cosas ficticias... porque así me siento, pero a la vez no me pasa nada.
C., á abril de 1999.



Estoy seguro.


Sé que uno de estos días me voy a envenenar a mí mismo, y por error. Siempre cocino para uno, y solo. Y siempre como directo de la olla, es mi manera de ahorrarme la tarea de lavar los platos después de comer. Soy un mal cocinero, pero me he acostumbrado a mi sazón. Y le tengo miedo a mis ollas. Voy a morir envenenado por el plomo. Un día, mi comida sabrá peor de lo normal, pero voy a descartar el mal sabor porque ya estoy acostumbrado a comer cosas que no saben tan bien, pero tampoco saben tan mal y me voy a comer todo ese plomo. Y no sabré más de mí.

~

Voy a dormir hasta tarde. Me voy a levantar a hacer las compras.

~

No, nunca reparé en ello. Siempre pensé que las inventaba. Así, podía acomodar las palabras. Se podía hacer sonar a todas ellas tan poco desesperadas como quisiera. Pero jamás se me ocurrió nada por el estilo. Simplemente me quedaba en el márgen, como todo lo que escribía.

2.
Cuando salí, tenía un mal sabor de boca, semejante al de cepillarse los dientes y haber fumado inmediatamente después. Como tener una cortina metálica sobre los dientes, pero hecha de pasta. Si me regresaba a cepillarme los dientes llevaría retraso. Aún así, salí. Bajé las escaleras y bajé por la calle. Cruzé la calle y me metí al paso peatonal que iba por debajo de la calle. Ví la fuente. Compré un bollo fresco y me lo comí. Y se fué el sabor metálico.

~
(Esto ya es mío)
Y sí me acordaba bien de la Widenmayerstraße.

26.09.2010

La lectura de esta mañana

Pasaba yo las páginas de un periódico:

"Automóvil usado. 50,000 kilómetros. A negociar. Cambio por automóvil más nuevo también."

Pensé en algunos autos que había visto alguna vez, y en autos que me gustaban. Seguí pasando las páginas. Encontré una esquela:

"F. Fernández, finado. 53 años. Capilla de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, 18 hrs. D.E.P "

Pensé en las veces que escuché que alguien había fallecido, y en personas que ya eran viejas. Seguí leyendo. Me imaginé que pasaría si la esquela dijera "¡Ustedes me mataron!" o alguna otra atrocidad semejante. Pensé en una frase que se me había ocurrido alguna vez.

"Lograr que el comienzo de cada día no diga nada acerca del día en sí." 

De pronto, me iluminé - la única manera en que eso era posible era muriendo. Muerto uno el comienzo del día no dirá nada del día en sí mismo, ¿o sí?. De cualquier forma, era una aseveración muy optimista. Para que fuera cierta en vida, tendría que ir acompañada de música, o de algo más. Por sí sola no funcionaría.

El reparar en semejantes cosas hace mis lecturas distraídas, pero jamás fuí bueno para leer, o para pensar. Siempre hago un poco de las dos. Casi nunca recuerdo muy bien qué ha sido lo último que he leído cuando alguien me lo pregunta. La última vez, no pude recordar el título del libro hasta después de haber dejado de hablar con la persona que me lo preguntó.

De cualquier manera, seguí leyendo. Nada particularmente interesante, sólo era el periódico. Y el inicio de mi día, sí.

20.08.2010

Una lista de deseos

Estoy triste por mi país. Entre más lo quiero, más me traiciona. Un día voy a desear que arda en llamas, que toda la población sufra enormes torturas y penurias y que sobre él caigan solo maldiciones. Tal vez así mejoren las cosas, y lo peor que puede pasar es que lo que desee se torne en realidad.

12.08.2010

El resentimiento (relato corto)

Limpio departamentos en un complejo al oeste de la ciudad en donde vivo. El trayecto toma veinticinco minutos a pie, más o menos quince con el autobús. Prefiero caminar, para ahorrarme el dinero del pasaje, y para estar en los exteriores mientras todavía hay luz. Hace seis días no puedo dormir bien. Generalmente, cuando entro al departamento de... no hay mucho qué hacer. Siempre he visto todo en orden. Si hay un periódico sobre la mesa, lo doblo si está extendido, como para ganarme el sueldo haciendo algo al respecto de este esa pulcritud. Ordenándola un poco más. Afinándola. Haciéndola acercarse lo más posible a algo artificial, como si nadie viviera aquí.

Hace seis días que no puedo dormir bien.
El resto de los departamentos son más normales. Hay que barrer, lavar la loza, recoger cosas que están regadas por el suelo. Pero aquí nunca haré más que doblar un periódico y quitar el polvo de las repisas (hay tanto polvo que podría jurar que nadie vive aquí, o que las repisas nunca han sido usadas).

Hace seis días que no puedo dormir bien.
En realidad, doblar el periódico es un gesto obtuso, es una manera de indicar que estuve aquí, que alguien echó un vistazo a todo para asegurarse de que todo estuviera limpio, y en orden. Era como decir algo sin decirlo, como tantas veces uno hace con gestos o con acciones, pero sin palabras.

Hace seis días que no puedo dormir bien.
Jamás debí de doblar ese periódico. Abajo de él encontré una carta. La carta estaba llena de acrimonia. No sé a quién estaba dirigida. Estaba llena de insultos. Y quien la escribió amenazaba con tomar su propia vida.

Hace seis días que no puedo dormir bien.
Fuí a reportarlo a la policía. Jamás debí de reportarlo. Recibí una reprimenda por violar la privacidad de la correspondencia, y me informaron que si ellos quisieran, un 'Don Nadie' como yo podría ir a la cárcel al menos un par de días por husmear donde no debe. No soy un Don Nadie. Me gusta mi trabajo.

Hace seis días que no puedo dormir bien.
Sabía que me tocaría a mí encontrar a... Y solamente tuve que ver sus pies, verle acostado en el suelo y sus zapatos tirados sobre la alfombra para darme cuenta de que jamás debí de haber doblado ese periódico. Así, no hubiera sido nada más que una desagradable sorpresa. A veces, uno no puede evitar algún desastre, pero saberlo de antemano lo hace a uno pensar en si es que, en alguna parte, hay una bóveda con cartas donde están escritos todos los infortunios. Sólo así se acabarían las desilusiones.

Hace seis días que no puedo dormir bien.
Escribí esto, y creo que ahora puedo conciliar el sueño.

Cuando abrí los ojos, no pude evitar pensar si me esperaba algún destino similar. Hasta el día de hoy, aún no lo creo. Disfruto del trabajo sencillo, y nadie puede quitarme eso.

09.07.2010

Arranque en falso

Después de tres falsos intentos de comenzar a leer un libro, me volqué a la escritura. No pude escribir nada de valor, y me volqué a la observación. Estaba confinado a mi cuarto, así que salí. Bajé las escaleras para servirme un vaso de agua. Después me senté, nada había cambiado. Miré por la ventana y era de noche. La calle estaba sola, era ya tarde. No habría nadie aunque fuera más temprano, vivo en las orillas de la ciudad, y hay un portón a la entrada para que no entre la gente que no debe de entrar. Pensé en eso un rato, pero el pensamiento era trillado. Seguí sin escribir nada. Seguí sin conseguir distraerme. Me volví al cuarto, y cerré la puerta. Estaba confinado otra vez. Me acosté en la cama, no podía conciliar el sueño. Me torné al libro, otro falso intento. Lo dejé y traté de concentrarme en los pensamientos que me distraían. No pude discernir qué eran, supongo que eran sentimientos entonces. Traté de recordar qué me ponía melancólico, y barajé algunas razones. Todas ellas eran personas. Las quité de mis pensamientos y nada cambió. Pensé en si habría algo más detrás de todo esto. Seguí distraído sin poder apuntar mi atención en ninguna cosa, pero sin poder vaciar mi mente de pensamientos. Pensé que si realmente estaba pensando algo, podría escribirlo. Me torné al lapiz de nuevo pero como siempre, me enfermó escribir algo que tuviera referencias directas a mi persona. Pensé en porqué se me hacía difícil escribir acerca de la vida cotidiana, pero al hacer ficción autobiográfica no cuesta tanto trabajo. Pensé en que las personas que leen algunas cosas que escribo jamás saben hasta qué punto esta línea o la otra son realmente cosas que pienso, o solamente cosas que escribo. Luego pensé en lo cobarde que era eso. Después me repetí de que estaba cansado de decir cosas así, que mejor ni siquiera pensaría qué pienso de mí, y que me dedicaría a enjuiciar a los demás. Después de todo, eso es lo que hace la mayoría de la gente. Después, leí estoy que acabo de escribir y me dije que daba tanta vergüenza, que solo restaba hacer una de dos cosas: destruirlo o publicarlo.

06.07.2010

La geografía de la derrota

Un hombre seguía el curso de un río. En ese entonces, el río era la única guía para llegar de su pueblo a la capital. Los cartógrafos eran escasos y malos en su profesión. Las palabras de las personas no eran dignas de confianza, no porque mintieran, sino porque no sabían nada. El viaje era duro y cansado. Justo antes de llegar a las puertas de la capital, el hombre miró fijamente al horizonte. No podía dejar de pensar en la pregunta que lo asaltó todo el camino. "¿No hubiera sido mejor arrojarse al río, morir y llegar a la ciudad río abajo?" Respondiéndose que habría sido diferente, pero mucho menos cansado, se dio la vuelta para jamás volver. Se colgó de la rama de un árbol poco después.

07.04.2010

Dos y cuatro

No bien había puesto un dedo en medio de la taza para revolver el asiento de té que había quedado, cuando ésta se partió en dos. No bien había decidido tratar de ver si podía juntar las dos mitades y restaurar la taza cuando la mesa se partió en dos, y la silla también. De golpe al suelo y caí en medio de la taza. Vi un dedo acercarse al centro, donde estaba yo. No me quedó más que darme cuenta que estaba ebrio de té. Desde entonces, no consumo más té negro.

15.02.2010

El revolucionario decepcionado

Nadie sabe cómo va a acabar su vida. Se ha dicho tantas veces que, como toda la sabiduría popular, se ha transformado en un adagio odioso, en vez de la sentencia condenatoria que es.

"Nos persiguieron a tiros muchas veces. Estábamos en una zona montañosa de modo que los desniveles actuaban a nuestro favor y en nuestra contra; veces sí y veces no. Uno piensa en lo rígido de las cosas, en lo fácil que es terminar con la existencia de alguien, en que a veces ello es necesario, en que si no fuera necesario uno siempre puede justificarlo, y en que todo mundo llega a creerse en algún punto de su vida juez legítimo de los demás.

¿Qué mejor que montarse en un tribunal donde la víctima no puede defenderse? Esa es la única justicia que todos deberían de conocer, la otra es dialéctica sosa, la otra se olvida después de un rato, la otra deja a muchos culpables vivos. Lo llamo tribunal, y al hacerlo me equivoco como tantos otros. Debo corregirme: lo que quiero yo es un patíbulo; no sólo yo, eso lo quieren muchos.

Estamos escondiéndonos de nuevo; acorralados, lo único que resta es enfilarse a un valle. Algo es seguro, bajando allá, podrán fusilarnos como patos de plástico en un juego de feria. ¿Garantía de morir? Tal vez. Sin embargo, tal vez nos salve Dios, y se ponga del lado de los débiles por una vez en la historia. O tal vez nos deje morir como a Jesucristo. Así como él, tal vez sirvamos más a la humanidad como mártires que lo que servimos viviendo en esta tierra. Repaso lo que he dicho: que pensamientos tan sufridos, tan blandos, dignos de un condenado que quiere que le tengan piedad. 'Te tiras al suelo para que te recojan' me dijeron muchas veces. Tenían razón: siempre que estoy desesperado quiero piedad y lástima. 

A nadie podemos ayudar ya. Siempre tratamos de llevar nuestra angustia y preocupación como virtud, para ayudar a los demás y mostrarles que nadie tiene que vivir con la cabeza agachada. Pero hoy día, hasta los pobres nos reprochan el que los defendamos. Del lado cristiano se nos reprocha que negamos al hombre al negar los mandamientos de Dios, que sin sus leyes, cada quien es libre de condenar los puntos de vista y los actos de los demás.

¡Necios! Ese reproche es el miedo de elevarse por encima de los demás, porque quien condena dice "J'accuse!", quien condena exige, quien condena no espera a que Dios haga justicia.

Enfilamos hacia el valle. Me aposté contra un árbol. Ya sabía que nos iban a matar a tiros. Renuncié: por seriedad o por excusas, me escondí. Me repetí "nos van a matar a tiros a todos" y así me libré de pelear junto con los demás. Me creí necesario: "Debo salvarme yo" cuando sé que nadie está aquí sino por el azar.

¿De qué sirvió tener la maldita seguridad de saber cómo íbamos a morir, si al final todo acabó siendo tan terrible y amargo que como si no lo hubiéramos sabido? Por eso, ejercí mi libertad. Decepcionado, cuando los ví muertos a todos, escapé de la única forma que pensé podría liberarme: me pegué un tiro. Y me equivoqué, por que el suicidio es de cobardes."

09.02.2010

Charla de conocidos

Dos hombres se encontraron después de dejarse de ver mucho tiempo.

No se reconocían enteramente. Querían estar seguros de que estaban frente a la persona correcta. Entonces uno tomó un madero, y le atizó un golpe tremendo en la cabeza al otro. Inmediatamente éste se desplomó, y no recuperó la conciencia. 

- "¡Al fin te conozco!"